
A las pocas líneas, el lector regresa a la infancia y al tono repetitivo e intemporal de los cuentos. Aunque se interpongan datos concretos para alimentar la verosimilud del relato, en realidad parecen abstraerlo a cualquier lugar, en cualquier época.
Apareció en mi caso un juez molesto (cerca del oído izquierdo) preguntando si era cuento o novela; o si esa prosa de frases breves —a veces una palabra es un párrafo— recordaba a Marguerite Duras. Pero fue inútil. El tono del cuento arrastra: sus repeticiones, las vueltas, unos personajes apenas nombrados que se yerguen silenciosos a través de sus acciones.
'Seda' es la historia de un viaje al otro confín del mundo, cada invierno, para regresar con cada primavera. Un viaje metódico que con cada repetición se transforma, casi imperceptiblemente, disolviendo unas fronteras que se vuelven borrosas, como al contemplar un símbolo.
'Seda' es un sueño que tiene el poder de alterar el mundo de la vigilia. Cada transformación en el punto de destino tiene su correlato en el punto de partida. Es una historia donde los detalles son protagonistas, no hay nada más importante en la atención del lector. El resto —las guerras, el comercio, la ciencia— es un contexto liviano, apenas visible.
Al terminar, pese a las diferencias de estilo, pensé más en 'Ehrengard' o 'Los cuentos de invierno' de Isak Dinesen que en cualquier otra referencia.
El cuento comparte con la poesía un extraño ritmo hipnótico que lleva a lector a un dulce estado de trance en que fácilmente experimenta las variaciones de sus personajes, alejado de los detalles. Y precisamente a través de los detalles, desplegando una metáfora compleja.
El viaje repetido anualmente en busca de larvas de gusanos de seda, que habrán de servir para la industria y alimento de su pueblo, deja paso a un juego de miradas, mensajes en un idioma extraño, búsqueda de intérpretes lejos del mundo cotidiano. Y a un juego de espejos entre origen y destino que deja al lector atrapado en su corriente. En el destino, el origen, las larvas; en el origen, el fruto, la seda. Entre dos amores que son el mismo, o que remiten al mismo centro vacío de un protagonista sin palabras.
Si algo queda después de la lectura es un parque japonés en un pueblo de Francia. La construcción de un mundo que evoca otro: el juego de espejos del deseo como fruto del viaje. Las repeticiones se anulan, las variaciones apuntan al mismo blanco. Es posible que el lector, si se duerme al cerrar el libro, sienta que ese viaje le pertenece.




