lunes, agosto 08, 2011

El mar, el mar, de Iris Murdoch

Hay lecturas, o lectores, que requieren su tiempo. Por que necesitan un particular 'tempo' lento para hacerse y por que necesitan encontrar su momento, la oportunidad en que puedan ser comprendidas. He tardado dos años en terminar esta novela. Y muchos más desde que ronda por las estanterías esta edición antigua, de una editorial quebrada. Ahora puede leerse en Lumen, con otro diseño.


La he leído en dos tiempos, tal y como está escrita. Una primera parte es la crónica diarística de un viejo director de teatro retirado en una casa solitaria frente al mar, cerca de un pequeño pueblo. Desde la soledad, la visita del pasado se hace inevitable, no sólo a través de cartas y recuerdos, sino entre visitas y encuentros inesperados. La segunda parte está escrita en tono de memoria. La historia ha terminado, al menos para la voz del narrador, el tono es más pausado y, paradójicamente, la narración más ágil: la comprensión se abre poco a poco. En ese lapso se han cruzado pasado, presente y futuro; además de los sueños, los posibles y los imposibles.

El protagonista, un director teatral de unos sesenta años (la autora tenía 49 al publicarla), es un personaje en tránsito: de la acción a la contemplación, del deseo a la comprensión, del coraje a la compasión. En esa bisagra, en ese lapso se sostiene la trama, a través de una voz sostenida contra la soledad, de una racionalidad multiplicándose que entra en quiebra contra la presencia del mar, del discurso que pierde su filo para terminar abriéndose, tanto a la fatalidad como a la paz.

Y en ese lapso se encuentran todos los discursos posibles: la contemplación, el análisis moral, psicológico, el discurso religioso y espiritual, el matrimonio, el amor, la guerra y el arte, la tragedia y la comedia… Aunque tal vez este relato responde también a otras cuestiones: ¿Qué puede hacerse con una novela, sin más? Fuera de géneros, de reglas rígidas, fuera de vanguardias y experimentos, la novela sigue siendo un lugar de encuentro entre discursos, un choque de lenguajes y formas, un baile de posibilidades donde ninguna asume completamente la posición de la certeza. Ahí está su fuerza.

Esa desnudez esencial que viene a afirmar: 'Tengo todas las posibilidades', se manifiesta con una belleza especial en esta novela de Murdoch. Por su clasicismo convencional para una novela de finales de siglo pasado, con sus personajes y su trama, sus descripciones y sus diálogos. Y por su apuesta para hacer de la novela un lugar de contrastes radicales.

Más de quinientas páginas que se viven como una particular experiencia de vida y de lenguaje; gracias a unos personajes que resultan entrañables por su fragilidad al descubierto; y gracias a una prosa —en sus diálogos y descripciones— de una transparencia eficaz y de una eficacia delicada.


Nota: La traducción en ambas ediciones es de Marta Guastavino.